jueves, 19 de abril de 2018

POETAS 2. José Angel Valente VII ("No amanece el cantor")






José Ángel Valente do Casar nace en Orense el 25 de abril de 1929, en el seno de una familia de clase media. El mundo provinciano que tuvo que respirar durante su infancia  y adolescencia queda rememorado peyorativamente en alguna de sus obras. Estudia las primeras letras con los jesuitas y el bachillerato en el instituto provincial. En 1946 publica su primer poema, en una época en que aún utiliza el gallego como lengua poética. Empieza a estudiar derecho en Santiago, pero se traslada enseguida a Madrid. Allí deja en un segundo plano los estudios jurídicos para centrarse en los filológicos, que culmina en una licenciatura, con premio extraordinario, en 1954. Este año va a ser capital también para su poesía al  presentarse simultáneamente a los premios Boscán y Adonáis con dos libros distintos. Gana el Adonáis con A modo de esperanza, adquiriendo notoriedad como joven promesa entre los poetas de su generación. Pero lo que le va a diferenciar de sus compañeros de  promoción será el  hecho de que, a partir de este poemario, todos sus libros serán escritos fuera de España.
Se traslada a la universidad de Oxford, donde trabaja y completa su formación entre 1955 y 1958, impartiendo clases, lo que le confiere el título de Master of Arts. De allí pasa a Ginebra como traductor de la ONU, hasta el año 1980. Casi toda su vida de adulto trascurrirá en el extranjero, en lo que se ha venido considerando una suerte de exilio voluntario. La distancia no impide que publique periódicamente en distintas revistas literarias. El alejamiento de una España que le resulta poco tolerable va a marcar el signo de su poesía. Este distanciamiento de su país se va a ensanchar aún más a raíz de la publicación de su cuento “el uniforme del general”, en 1971, por el que es sometido a un consejo de guerra. En 1975 va a París como jefe del servicio de traducción española de la UNESCO. En 1985 decide radicarse en Almería.  Sus últimos años van a estar marcados por una tragedia familiar al morir uno de sus hijos por  sobredosis en 1989, algo que va a dejar también su eco en la parte final de su obra.  Muere en Ginebra el 18 de julio de 2000, ciudad a la que había ido en busca de curación para una enfermedad de pulmón.
Valente ha revelado su concepción de la poesía en diversos artículos y libros de ensayo.  Para Valente, el creador no se enfrenta a unos hechos o ideas que se han de comunicar, sino a un “material de experiencia no previamente conocido”, un material informe que sólo por el lenguaje podemos sondear. En palabras de Valente, “el poeta no opera sobre un conocimiento previo del material de la experiencia sino que ese conocimiento se produce en el mismo proceso creador”. Desde estas premisas no resulta ya rara la exploración que el poeta realizará  a lo largo de su obra por los dominios de la mística. Al igual que la mística, la poesía no está para expresar vivencias sino para indagar y conocer esas vivencias. Toda la evolución de Valente describe la trayectoria que va de una poesía incluida por Leopoldo de Luis en su antología de la poesía Social hasta la poesía de su obra más madura que se sitúa en la frontera que separa el silencio del lenguaje. Su poesía, desnuda y de extrema concisión, se sumergirá, con el paso del tiempo, en las corrientes de la mística, pero sin abandonar nunca las preocupaciones éticas y meditativas. Esta exigencia moral se volcará en su primera etapa denunciando los horrores de la guerra civil y la sordidez de la postguerra. Entre los escritores que influyeron en su obra se encuentran, por su parte mística y silente, San Juan de la Cruz, Lautreamont, Rimbaud  y Lezama Lima; por la parte donde resuena su dolor íntimo y cívico, Quevedo, Cernuda y César Vallejo

Su obra comienza con la publicación en 1955 de A modo de esperanza, que llamo la atención de lectores y críticos por la originalidad de sus modos expresivos: una desnudez que huye de lo anecdótico para alcanzar categoría de símbolo. Es recurrente el tema de la guerra civil vista a través de los ojos de un niño y toda la asfixia de la postguerra bajo una dictadura.  En su nuevo libro La memoria y los signos (1966), se funde la mirada retrospectiva con los trágicos sucesos de la historia colectiva. En Siete representaciones (1967), juega con las sugerencias de los siete pecados capitales. En Presentación y memorial para un monumento (1970) recorre la historia de la infamia y el horror a través de las doctrinas que han intentado instaurar un orden providencial en el mundo, desde el nazismo hasta la persecución anticomunista en los Estados Unidos.   El aire de denuncia y malestar se hace más sofocante en su siguiente libro, el inocente. En Interior con figuras, (1977) profundiza en el mundo interior, en los intríngulis del conocimiento y el lenguaje. Entretanto, Valente ya ha llevado a cabo su exploración ética desde la crítica de lo colectivo hasta una crítica de la moral individual que empezó a aparecer en Siete representaciones.  También empieza a despuntar  la sátira y la parodia, aprendida en Goya y en Quevedo, y que se desata en Memorial para un monumento.  La nueva trayectoria que va a trazar por los caminos de la mística comienza a anunciarse en su siguiente libro de poesía, Material memoria, (1978). Ya en su libro de ensayos Las palabras de la tribu (1971) había aludido a “la hermenéutica y la cortedad del decir” de la tradición mística. En esta tradición ahonda al preparar una edición del místico Miguel de Molinos sobre la guía espiritual, que influirá en su ya aludido libro Material memoria. A juicio de Andrés Sánchez Robaina, se trata de  “un escoramiento tanto hacia una radical fundamentación metafísica como hacia un fragmentarismo no menos radical inscritos en lo que el autor ha llamado estéticas de la retracción, es decir, de formas breves propias de un sector de la poesía, la pintura o la música contemporáneas”. Su apuesta por la estética del silencio y la desnudez propias de la mística va a generar en su poesía “imágenes de desnudez, de transparencia o de errancia incondicionada del ser”. Es a partir de este libro, Material memoria, donde su lenguaje sufre, bajo la influencia de San Juan de la Cruz, una gran metamorfosis, una “radicalización estética y moral”, en palabras de Robaina. Esta profundización en la poesía mística le conduce de forma natural hacia las tradiciones místicas árabe y judía. En seis lecciones de tinieblas, (1980), busca que el lector se vaya desprendiendo de la palabra como referencia para que emerja con toda la fuerza su referente, el cuerpo material de la letra con todas sus sugerencias: a través de las letras del alfabeto hebreo logra trenzar un espontáneo mundo de imágenes procedentes de la cábala. Su siguiente libro insiste en el camino de la mística ya desde el mismo título, Mandorla, (1982,) el cual  remite al centro; se trata de la almendra mística que centra y absorbe al visionario. Tras escribir Fulgor, 1984, va a continuar, en Al Dios del lugar, (1989) el proceso de vaciamiento interior que trata de abolir todo sentido para acabar encontrándolo en el peldaño superior del “no entender” sanjuanista. En palabras de Carmen Martín Gaite, “parece como si el poeta hubiera dado un paso aún más audaz en su camino hacia el vacío, hacia la asunción de lo inefable”. En este libro, como en el que le sigue, No amanece el cantor, 1992, va a culminar su evolución hacia lo prosístico y fragmentario; "la escritura fragmentaria –en palabras de Jacques Ancet-no como residuo sino comienzo, fundación, apertura”. El fragmento llega a erigirse en una sola frase en el medio de una página en blanco: “No pude descifrar, al cabo de los días y los tiempos, quién era el dios al que invocara entonces”, dice el texto completo de uno de sus poemas. En “No amanece el cantor” contiene una elegía por el hijo muerto que se convierte en una dolorida endecha: “Ni una palabra ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vivieras”. El ciclo poético de Valente se cierra con “Fragmentos de un libro futuro (2000), publicado el mismo año de su muerte. A su obra poética hay que añadir la ensayística, que ha girado en torno a sus preocupaciones literarias. La mayor parte de sus trabajos se han reunido en Las palabras y la tribu (1971), Variaciones  sobre el pájaro y la red (1991) y la experiencia abisal (2004).





Los poemas que se seleccionan aquí proceden del libro publicado en 1993, "No amanece el cantor".





NO AMANECE EL CANTOR

El Cuerpo del amor se vuelve transparente, usado como fuera por las manos. Tiene capas de tiempo y húmedos, demorados depósitos de luz. Su espejo es la memoria donde ardía. Venir a ti, cuerpo, mi cuerpo, donde mi cuerpo está dormido en todas tus salivas. En esta noche, cuerpo, iluminada hacia el centro de ti, no busca el alba, no amanece el cantor.
No dejéis morir a los viejos profetas pues alzaron su voz contra la usura que ciega nuestros ojos con óxidos oscuros, la voz que viene del desierto, el animal desnudo que sale de las aguas para fundar un reino de inocencia, la ira que despliega el mundo en alas, el pájaro abrasado de los apocalipsis, las antiguas palabras, las ciudades perdidas, el despertar del sol como dádiva cierta en la mano del hombre.

La paciencia del sur. Sus enormes lagartos extendidos. El caparazón oscuro de la noche mordido por la sal. No llega la pregunta a convertirse en signo. Interrogar, ¿por qué? ¿Quién nos respondería desde la plenitud solar sin destruirnos?

Tenía el mar fragmentos laminares de noche. Los arrojaba al día. Para que el ave tendida de la tarde no pudiera olvidar su origen en los terribles pozos anegados del fondo.

Y tú  ¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?

Inmersión de la voz. Las aguas. Entraste en el origen. Cabeza decapitada junto al mar. Después no quedan más silencios.

Veo, veo. Y tu ¿qué ves? No veo. ¿De qué color? No veo. El problema no es lo que se ve, sino el ver mismo. La mirada, no el ojo. Antepupila. El no color, no el color. No ver. La transparencia.

El centro es un lugar desierto. El centro es un espejo donde busco mi rostro sin poder encontrarlo. ¿Para eso has venido hasta aquí? ¿Con quién era la cita? El centro es como un círculo, como un tiovivo de pintados caballos. Entre las crines verdes y amarillas, el viento hace volar tu infancia –Deténla, dices. Nadie puede escucharte. Músicas y banderas. El centro se ha borrado. Estaba aquí, en donde tú estuviste. Veloz el dardo hace blanco en su centro. Queda la vibración ¿la sientes todavía?

Los muslos de la mujer eran largos y húmedos. El fino vello brillaba dorado al sol. Interminable profundidad si fondo de la piel. Cuando reía, parecía su risa estremecerle el sexo y desatar bandadas por el aire de indeclinables pájaros. Brotaba allí, me dije, como otras tantas cosas de la naturaleza
                                                                               (Jardín botánico)

miércoles, 11 de abril de 2018

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

 
 


 
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
Desde el alba a la noche, insomne, sorda,
como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
 
Entre los papeles que encontraron después de la muerte de Cesare Pavese, estaba este hermoso poema. Un poema de amor, un poema de muerte, un poema de un suicida. El otro día, durante una cena, alguien se refirió a ciertos gestos trágicos; otra persona sugirió el nombre de Pavese. Yo recordé que una vez leí con fruición  el diario de Pavese y que con aquella lectura se me ocurrió hacer una suerte de exorcismo. Estaba cansado de ser yo y quise dejar que escribiese alguien por mi. Estaba cansado de mi voz y preferí que otras voces me tomasen. Dejé hablar a Pavese.


 

La narración que dejo aquí es una narración fallida, pero me gusta creer que la escribió Pavese. Pretende ser la narración de su última jornada. Es un zurcido de distintos entradas que aparecen a lo largo de su diario “el oficio de vivir”. Utilice textos escritos en su diario a lo largo de 20 años y los hice cristalizar en una sola jornada: la última. En la primera mitad de la narración decidí no utilizar más palabras que las que aparecían en el texto. Para eso tuve que confeccionar un listado de gran parte de las palabras que aparecían en ese diario. Muchos pasajes son transposiciones literales. Yo sólo realicé la tarea de montaje. Cuando ya iba por la mitad de la narración me di cuenta que realizar dicha operación sobre un texto traducido del italiano al español no tenía mucho sentido, así que comencé a permitirme alguna pequeña licencia; no demasiadas. El texto resulta así un collage creado con un material escrito en más de un  95 % por el mismo Pavese. Yo sólo fui el artífice de un arte combinatorio que tenía como propósito el dirigir la narración de lo vida de Pavese hacia su último día: el día de su suicidio. Elegí la tercera persona narrativa para despegarme del estilo del diario;  también para evitar identificarme.  En parte por impericia y en parte por las dificultades del experimento, el texto se hace tal vez pesado y algo incomprensible. En compensación, se puede decir que aquí esta Pavese en estado puro. Y creo que el tramo final, que es una mezcolanza de retazos diversos, me salió razonablemente bien. (En todo caso, esto va por Pavese. Sus opiniones –sobre todo las misóginas- no son las mías. Si alguien cree que esto es triste, es porque Pavese lo era. Absténganse, pues, los lectores a los que no les gustan las cosas tristes) 
 

  26 de agosto 1950. Ha sido una Jornada dura. Has subido la escalera de siempre hasta el segundo piso y al llegar a la puerta te has parado a pensar. Es el principio del fin, en esta noche, en este hotel, en esta misma habitación. Venías de la calle a paso corto, la cabeza baja, fumando un cigarrillo y con el periódico en la mano, sin mirar las caras que salían a tu paso. Tampoco nadie te miraba a ti. Abriste la puerta con la llave y encendiste la luz. Retrocediste un poco al ver la misma habitación de siempre, casi con miedo de encontrártela igual. No había nadie esperándote dentro; la misma vacía habitación de siempre. El mismo silencio ahora violado por el chirrido de la puerta que cierras con cuidado. Con la puerta del balcón cerrada, no llega ningún sonido de la calle. Al fondo, al lado derecho del balcón, está tu escritorio con la silla. Encima un sobre abierto, varios folios en blanco, dos plumas, tres libros apilados, un cenicero con colillas, y una máquina de escribir. En la pared del escritorio hay dos estantes llenos de libros y más cerca de la puerta esta tu cama sencilla pegada a la pared, con tu mesilla al lado, y más allá tu armario y tu sillón de cuero rojo al lado de la cama. Dejas caer el periódico en el sillón y avanzas hacia el balcón, dejando atrás el teléfono negro colgado de la pared blanca, pasas por delante del espejo que hay encima del lavabo, te echas un vistazo de perfil y te ves como un fantasma; tu propio aspecto te deprime, si es posible deprimirse más. Abres el balcón, dejas entrar el aire caluroso de la noche y te sientas en el sillón. Miras el reloj: las diez y media. 

 

viernes, 6 de abril de 2018

POETAS 122. Robert Frost (I) ("La voluntad de un joven")





Robert Lee Frost nació en San Francisco un 26 de marzo de 1874 y murió en Boston el 29 de enero de 1963. Ha sido considerado por muchos como el mejor poeta norteamericano del siglo XX y es el único escritor que ostenta cuatro premios Pulitzer. Howells, al reseñar la obra de Frost, dijo que se trataba de la vieja poesía tan nueva como nunca; James M. Cox apostilló que podría ser una nueva poesía tan vieja como la que más. "Nueva en su ritmo, en su fino escepticismo, que la liberaba de la moralidad y la aridez de la tradición gentil, se introdujo en el lenguaje corriente de la región elevándolo a unas alturas de ternura, sabiduría y belleza que ningún poeta americano había logrado hasta entonces". La poesía de Frost tiene la virtud de permanecer en la imaginación, proporcionando consuelo y alivio, así como un sentido coherente del mundo. Randall Jarrell ha expresado lo mismo de otra manera: ”Cuando conoces los poemas de Frost sabes sorprendentemente bien cuál era la apariencia del mundo para un hombre”.


Su padre provenía de una familia de granjeros de Nueva Inglaterra y su madre era hija de un capitán de barco que  había nacido en Escocia. La infancia del poeta se va a ver marcada por la confesión swedenborgiana de la madre, quien se encargará personalmente de la educación de los hijos: a menudo se lee en casa textos de Shakespeare, Poe, Emerson, y literatura clásica y romántica. El padre morirá con tan sólo 34 años, tras constantes periodos de depresión alternados con su desmedida afición al juego. Después de la muerte del padre, que deja huérfano a Robert con 9 años, la familia se mudará a Salem bajo la tutela del abuelo paterno. La madre se dedicará a la enseñanza en Lawrence, mientras el hijo se convierte en un estudiante aventajado que además comienza a interesarse por los asuntos más varios; en sus poemas dejará registro de su vasta curiosidad: la botánica, la biología y la astronomía serán motivos recurrentes. Frost se dedica, durante los periodos de vacaciones, a las labores más variadas, ya sea en granjas y fábricas de la región o repartiendo periódicos. En su último año de instituto comienza a publicar sus primeros poemas, a la vez que conoce a Elinor Miriam, con quien iniciará un noviazgo lleno de vaivenes que a la postre terminará en casamiento. Ingresa en la Universidad de Dartmouth, pero a los pocos meses abandona sus estudios para regresar a Salem, donde comienza a ayudar a su madre en la enseñanza de los alumnos más díscolos, a la vez que trabaja en una fábrica de lámparas. Es en este periodo, en el que se vuelca en la lectura de Shakespeare, cuando tiene lugar un acontecimiento que marcará su devenir y que va a evocar más tarde en el poema “Kitty hawk”. Tras el enésimo intento frustrado de pedir en matrimonio a Elinor, Robert Frost toma un tren hasta Dismal Swamp (“pantano lúgubre”) y allí se interna a pie durante kilómetros con la intención de quitarse la vida. El poema en que evoca este lúgubre episodio nos da noticia de que es rescatado tres semanas después, y llevado de vuelta a casa a través de un periplo lleno de aventuras en trenes de mercancías.


Al fin, Elinor y Robert contraen matrimonio en Lawrence y comienzan a vivir en la casa familiar con la madre y la hermana de Frost. El poeta consigue entrar en la prestigiosa universidad de Harward, donde entra en contacto con una pléyade de profesores que dejarán huella en su formación: Santayana y William James serán los más destacados. Allí cursa asignaturas de geología, filosofía, psicología, alemán, latín y griego. A pesar de su excelente aplicación, tampoco en esta Universidad llega a graduarse, pues al poco decide iniciar una vida de granjero en una granja avícola, logrando, de paso, fortalecer su delicada salud. A pesar de que por esta época le nace su segundo hijo, la muerte del primero y de su propia madre comienza a dejarle los primeros sinsabores y se le empiezan a manifestar los signos de una incipiente depresión que ya había atenazado al padre. En la nueva granja del abuelo, al sur de New Hampshire, la salud se le resquebraja más todavía, teniendo que soportar periodos de fiebre, pesadillas y dolores en el pecho, lo que no le impedirá acometer las duras labores de labranza, que serán también los afanes de los personajes que pululan por los poemas que va componiendo durante las noches. Antes de 1906 ya le han nacido otros tres hijos. En ese año abandona las tareas de campo para dedicarse a la enseñanza de literatura y psicología. Pero la poesía, que es dedicación a la que Robert Frost quiere consagrarse, no le ofrece los frutos deseados: ningún editor quiere publicar sus poemas, lo que le produce una gran frustración. Ante esta situación de desaliento, en 1912 la pareja vende la granja de Derry y prueba fortuna en Inglaterra con  el propósito por parte de Robert de centrarse en la escritura. Un año después de su estancia en Inglaterra, Frost consigue su propósito de ver publicado su primer libro de poemas: se trata de su libro “La voluntad de un joven". Pese al título, Robert Frost ha tramontado ya su primera juventud y se acerca a la madurez: tiene 39 años. Durante su estancia cerca de Londres, Frost va a conocer a una serie de poetas y escritores que van a dejar huella en la literatura mundial: Ford Madox Ford, Walter de la Mare, Robert Graves, Ezra Pound y Yeats. Pero van a ser los llamados poetas georginos los que le influyan  -sin sucumbir a su superficialidad-, más interesados estos por las cosas del campo, con un sesgo realista, y que se inspiraban en la vida diaria de los hombres corrientes que hablan un lenguaje coloquial y directo.


“La voluntad de un joven” será un libro bien recibido que encierra una especie de retrato del artista adolescente. Son poemas que beben del espíritu de Emerson y Thoreau. Se ha dicho que con este poemario, Frost elevó el lenguaje coloquial e informal al reino d la poesía. A juicio de Andrés Catalán, el libro dibuja una trayectoria que comienza en el miedo y acaba en el amor. Se trata de un poemario de tránsito: de tránsito de una estación a otra que viene marcada por el ciclo de fertilidad del campo, pero también se hace notar esta transición en los tonos de voz. Se trata de un libro bisagra entre el Frost lírico y subjetivo de sus años americanos y el Frost que al llegar a Inglaterra se preocupará por dar a sus poemas una atmósfera dramática, como ocurre en su segundo libro, “Al norte de Boston”. Con este último libro, Frost se aparta de la subjetividad que impregnaba el primero y se centra en las vidas ajenas de la gente trabajadora de Nueva Inglaterra. Acuña su voz, sencilla y directa, pero a menudo escurridiza, con esas dobleces características que harán precisar una doble lectura y múltiples interpretaciones bajo su engañosa máscara literal. Harold Bloom habla de una ironía “particularmente sombría en la que no se trata tanto de decir algo queriendo decir otra cosa, sino de lograr que el significado desande el camino andado y deshaga lo que quiso decir”.  En este libro utiliza el verso blanco en pentámetro yámbico, que ya Shakespeare probaría con fortuna. Con este libro se le etiquetó como poeta de la naturaleza por su predilección por las cosas de la gente del mundo rural. Pero toda simplicidad en Frost es siempre aparente y falaz, pues supo extraer de este contacto entre el hombre y la naturaleza correspondencias simbólicas de alcance universal. No se trata de la naturaleza amable que aparece de fondo en los poetas bucólicos, sino de una naturaleza áspera y difícil que da a los hombres el fondo trágico en el que se desenvuelven y que a menudo resulta indiferente a sus pasiones. 

Estos dos primeros libros de Frost acotan  lo que se ha llamado su mundo pastoral. Su labor como  profesor de latín le introdujo en la tradición pastoral encarnada en los poemas de Teócrito y Virgilio. Pero el poeta pastoral no escribe poemas simples para sus vecinos rurales. Se trata de un poeta refinado por la cultura que toma el mundo pastoral como una fuente de inspiración para dar con símbolos universales. Sustenta la creencia de que el mundo rural es representativo de la sociedad humana en general. En el duro mundo rural de Frost, el hombre y la naturaleza se ven regidos por lo que el Destino ha ordenado. El resultado es un estoicismo conformista ante la ineluctable fuerza de los acontecimientos.

Ante la amenaza de la guerra y una apurada situación económica en Europa, Robert Frost decide regresar a su patria precisamente en el momento en que los escritores de la generación perdida dan el salto al continente europeo. La publicación en su propio país de sus dos libros envuelve la vuelta de Frost en un cierto halo de celebridad poética. De la noche a la mañana Frost se había convertido en el poeta más leído. Instalada toda la familia en una granja de New Hampshire, Frost comienza a alternar su trabajo como escritor con la enseñanza y la impartición de conferencias. No obstante su vocación por la enseñanza, el tiempo que tenía que dedicarle le obstaculizaba su tarea como poeta. “Tengo que enseñar o escribir –declaró en una ocasión-: no puedo hacer las dos cosas a la vez. Pero tengo que vivir”. En 1916 publica su tercer libro, “Un valle en las montañas”. Contendrá algunos de los mejores poemas de Frost, como “el camino no elegido”, pero el libro se resiente de una estructura más endeble que la de sus dos primeros libros. A principios de los años veinte la familia dejará la granja de new Hampshire por una casona del siglo XVIII en Vermont. Frost imparte clases en Ripton, Michigan y Amherst.

En 1923 publica su cuarto libro “New Hampshire”, que parodia en su formato “la tierra baldía” de T. S. Eliot. Comienza a ser frecuente en sus poemas el sesgo filosófico. Los asuntos de sus poemas se hacen más concretos y los diálogos más abstractos: los personajes representan posiciones sociales y filosóficas. El premio Pulitzer que recibe al año siguiente por este libro le abrirá la puerta de las universidades con diversos doctorados honoríficos. Su segundo Pulitzer se lo lleva con su “Poesía reunida” de 1930. Ese mismo año es elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras. La década de los treinta está lastrada por la desaparición de gran parte de su familia. Primero fallece su hermana, cinco años más tarde, en 1934, muere su hija Marjorie de una larga enfermedad, y, finalmente, el cáncer que se le manifiesta a su mujer Elinor acabará con su vida en 1938. El suicidio con un rifle de caza de su hijo Carol en 1940 acaba sumiendo al poeta en una severa depresión. Sin embargo, los éxitos no habían dejado de acompañarle: “una cordillera más lejana”, 1936, le vale su tercer premio Pulitzer. Su siguiente libro, “Arroyo hacia el oeste”, preludia el compromiso político en asuntos públicos que proseguiría en sus últimos libros. Los protagonistas de sus poemas comienzan a estar rodeados de soledad; la naturaleza comienza a adquirir tintes siniestros y se convierte en un sinsentido para el hombre. En el momento de su publicación, el libro fue tachado de reaccionario por las consideraciones políticas o filosóficas de algunos de sus poemas.

Después de morir su mujer, Frost deja de dar clases por una temporada e inicia una relación sentimental con Kathleen Morrison, quien se convertirá en su secretaria. Se muda a Boston y adquiere una granja, a la vez que dirige un seminario en Harvard. En 1942 publica “un árbol testigo” –nuevo premio Pulitzer que le convierte en el único escritor con cuatro-, donde una nueva preocupación asoma: la de delimitar la frontera entre el mundo exterior y la práctica poética. Robert Lowell decía que los temas que obsesionaban a Frost –la soledad, la muerte, los límites humanos- se combinaban en un único tema, “el de un hombre que se abre paso a través de lo informe, lo anárquico y lo libre, hacia la nieve, el aire, el océano, el desierto, la desesperanza, la muerte y la locura. Cuando los límites se alcanzan, y a veces se sobrepasan, el nombre vuelve”.

En la década de los 40 publica "la Flor del campanario", donde da rienda suelta a sus preocupaciones religiosas, científicas o tecnológicas. En 1949, su "Poesía completa" le congracia con un público que había empezado a darle la espalda. Las posturas que adoptó Frost al final –en los últimos poemas, así como en su vida- le restaron crédito entre críticos académicos, que prefirieron la obra más difícil de T. S. Eliot, Ezra Pound y Wallace Stevens al verso pastoral directo y sencillo que no precisaba de ninguna exégesis crítica. William Prithchar ha destacado cómo “Las dos últimas décadas de su vida fueron las de un hombre cuyas producciones como poeta, por primera vez en su carrera, ocuparon una posición secundaria tras su vida como figura pública, autoridad, institución, emisario cultural”. En sus últimos años Frost se convierte, por tanto, en un hombre público eminente: recibe honores, títulos y galardones, el Senado firma una resolución para celebrar su cumpleaños, La Casa Blanca le convierte en un invitado habitual en sus cenas. En 1960 recibe la medalla del Congreso y, tras la elección de John F. Kennedy, se convierte en el primer poeta al que se solicita un poema para la ceremonia de toma de posesión. Muere con 88 años, el 29 de enero de 1963, después de haber sido operado de cáncer el año anterior.

Robert Frost es conocido por una interesante teoría poética que ha tenido repercusión: lo que él llama “el sonido del sentido”: La frase establece dos polos entre los que pivota el significado, que puede hacer resaltar el poema-como –música o el poema-como-significado. La tesis principal de Frost es que un poema dice algo antes de ser entendido; “La mejor forma de oír el sonido abstracto del sentido –escribió una vez por carta a un amigo- es desde las voces que se oyen a través de una puerta que corta las palabras”. Se trata, como recuerda Andrés Catalán, de un intrincado tejido a base de ritmo y metro, que desdeña el verso libre –pues sería como “jugar al tenis sin poner la red”-, donde el metro se convierte en una especie de red doble para apresar los sonidos y ritmos del discurso real. Se trata, siguiendo similares planteamientos de Wordsworth y Emerson, de jugar con ciertos patrones discursivos que son naturales a una cultura y que permiten ser resaltados o contrastados mediante el patrón rítmico del metro. El propio Frost nos recuerda que una buena frase tiene un doble cometido: "expresa un significado mediante las palabras y la sintaxis y otro mediante el tono de voz que indica. En la ironía, las palabras pueden decir una cosa, el tono de voz otra”. Frost formuló esta poética de “el sonido del sentido” para encajar un fenómeno al que estaba dando expresión en su práctica poética, tal como le había sucedido también a  multitud de poetas antes que él: oponer la línea acústica base del verso métrico a las melodías irregulares del habla idiomática. La originalidad de Frost estriba en acomodar el sonido del sentido al habla rural de Nueva Inglaterra, un dialecto del que nadie antes se había servido para fines poéticos.  Pero como señala el traductor Andrés Catalán en el excelente estudio a la Poesía Completa de Frost –Linteo Poesía-, “en última instancia, el interés de Frost por el habla cotidiana tiene que ver con un contexto de atención a la intimidad humana, a la gente en su quehacer diario y menudo.” Pero quizás la grandeza de Frost estriba en haber insertado estos quehaceres cotidianos sobre un fondo de naturaleza a menudo hostil y que genera el contexto trágico en el que se mueven sus personajes poéticos, creando unos dramas y unos mitos rurales que irradian significado, ensanchando con sencillez los márgenes del poema hasta convertir inesperadamente el conjunto en una elocuente glosa de la condición humana.


 

EL  CAMINO NO ELEGIDO

Dos caminos se abrían en un bosque amarillo,

Y triste por no poder caminar por los dos,

Y por ser un viajero tan solo, un largo rato

Me detuve, y puse la vista en uno de ellos

Hasta donde al torcer se perdía en la maleza.

 

Después pasé al siguiente, tan bueno como el otro,

Posiblemente la elección más adecuada

Pues lo cubría la hierba y pedía ser usado;

Aunque hasta allí lo mismo a cada uno

Los había gastado el pasar de las gentes,

 

Y a ambos por igual los cubría esa mañana

Una capa de hojas que nadie había pisado.

¡Ah! ¡El primero dejé mejor para otro día!

Aunque tal y como un paso aventura el siguiente,

Dudé si alguna vez volvería a aquel lugar.

 

Seguramente esto lo diré entre suspiros

En algún momento dentro de años y años

Dos caminos se abrían en un bosque, elegí…

Elegí el menos transitado de ambos,

Y eso supuso toda diferencia.

lunes, 2 de abril de 2018

LA HOGUERA DE TWITTER

Me declaro autista. Cada vez que me van a contar un chiste me dan ganas de echar a correr. A veces los chistosos me arrinconan y llego a hacer un amago de sonrisa pero en el fondo quiero echar a llorar. Para lo desgraciado que suele ser este mundo (y sus numerosos mundos, especialmente el tercero), las redes sociales están repletas de graciosos. Las redes sociales de antaño procuraban dar alivio y remedio a esa desgracia mundial: un fantasma suelto recorriendo Europa con nombre comunista tenía toda la pinta de ser un chiste -lo que se llama una humorada-, pero resultaba ser un manifiesto muy eficaz, y capaz de revolucionar masas y derrocar gobiernos (ya de paso se recomienda la excelente película "El joven Marx", de Raoul Peck).

jueves, 29 de marzo de 2018

BISONTE






De animales veloces y luminosas
sombras
fue creciendo aquel tiempo sin testigos ni horas.
(Diego Jesús Jiménez)
 

 

El anciano se había abierto paso entre la muralla de hombres que miraban estupefactos la mancha de color almagre en la pared caliza, mientras hacía aspavientos y vociferaba, “¿Y para qué sirve todo eso?”, parecía preguntar colérico el anciano cubierto con piel de antílope. Y el hombre joven de ojos visionarios volvió a mirar, a la luz oscilante de la antorcha,  la mancha indeleble que acababa de pintar con la sangre del último bisonte que se había cobrado con su arco. Casi podría jurar, ahora que lo miraba a través de  esos ojos febriles, que aquel bisonte muerto era el mismo bisonte redivivo que estaba ahí pintado en la pared, el mismo bisonte macho cuyo cráneo había sido clavado en una estaca a la entrada de la cueva. Podría jurar que aquel contorno que había trazado con pintura aprovechando la fisura de una roca perfilaba el mismo bisonte que había tumbado de un flechazo certero antes de que comenzara a menguar la luna. Había atravesado el corazón del animal aquella flecha que había disparado con  sentimiento piadoso; justo le dio muerte en el mismo instante en que sus propios ojos se toparon con los ojos asustados del animal. Solamente así podía explicarse que sintiera como si la flecha hubiera atravesado su propio corazón al mismo tiempo. Fue un dolor insoportable y agónico, distinto a cualquier otro dolor imaginable: el dolor por derramar una vida ajena que podía ser la propia, que casi podía fundirse  con la suya. Y no podía contarle aquello al hechicero que ahora volvía a inquirir con rabia por la  mancha movediza en forma de bisonte que empezaba a insinuarse, y a latir y a crecer, adentrándose por la pared rugosa. No conseguía encontrar el hechicero ningún beneficio en aquel garabato obsceno que no iba a quitarles el hambre, y tras el cual parecía ocultarse una hechicería nueva. No había lengua bastante para expresarle todo aquello al hombre más viejo de la tribu. Sabía que no conseguiría  hacerle entender al hechicero que aquel bisonte, idéntico al que se le había estado apareciendo en sueños, estaba atravesando ahora la pared  rupestre sólo para poder ser contemplado de nuevo, tal como él lo había visto antes de tensar el arco: palpitante y lleno de vida. Solamente por eso,  para insuflarle vida, había estado exhumando con delicadeza el cadáver envuelto en la propia sangre y lo había trasladado, punto por punto, a la pared rugosa, hasta engendrarlo de nuevo en las entrañas de aquella roca propicia; aunque aquellas caricias de color en el pelaje ahora petreo y rugoso del animal le impidiesen disparar otra flecha contra cualquier  bisonte; aunque aquel hermoso ejemplar, ahora ya invulnerable en la pared, viniese con su magia a ocupar el lugar del hechicero.

miércoles, 21 de marzo de 2018

ANIMALARIO

 
 




Como otra vez había vuelto a quedarme solo, fui al animalario que hay cerca de mi casa y le pedí  a la dependienta que me sugiriese un  animal de compañía. La mujer que estaba detrás del mostrador era tan esquelética que parecía un animal de feria, con esa mirada lánguida y la cara de cera que se les va quedando a los vegetarianos.

- Mi último animal – le contesté, requiriendo a su pregunta- fue un gatito prematuro al que estuve alimentando con leche de cabra recién preñada.

Pero le expliqué que antes había tenido un camaleón traído de Venezuela que se quedaba gris cuando el día se nublaba, y se ponía rojo al salir el sol. Y antes me habían regalado  un perrito de bolsillo que iba enseñando por la calle para que la gente me diera conversación. Y también le hablé de mi grillo amaestrado en una jaula hecha con corcho y alfileres, con cuyo arrullo yo recuerdo haberme quedado dormido durante las noches del último verano. Y  es que siempre me han vuelto loco los animales.

-  Yo también he tenido muchos bichos en mi casa- me contestó la dependienta, y se puso a deshojar un catálogo de bichos todavía más estrafalario que el mío.

martes, 20 de marzo de 2018

AFORISMOS Y CAVILACIONES 21. Sobre máximas y aforismos


 


La máxima busca decir lo máximo con las mínimas palabras.
 
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Una buena máxima es aquella que no admite ninguna réplica.
 
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El buen aforismo es el que logra permanecer en la memoria para ser usado por la inteligencia gracias a que nos ha tocado el corazón.
 
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La buena máxima es el atajo que nos evita los largos discursos.